El valor pedagógico de los juguetes
Es un proyecto planificado desde la cátedra de Práctica Docente IV, del Profesorado de Educación Especial, de la Escuela Normal "Victor Mercante"- Nivel Superior. Cuyo objetivo principal es la socialización-debates de las propias prácticas y marcos teoricos estudiados en el transcurso de la carrera.
Espero que este espacio nos sirva como medio de debates, de comentarios, de sugerencias y de aprendizajes significativos.
Me interesan mucho sus visitas y comentarios, ya que es junto a ustedes que podré ir enriqueciendo mis prácticas y posicionamientos teóricos... Fernanda.
Me interesan mucho sus visitas y comentarios, ya que es junto a ustedes que podré ir enriqueciendo mis prácticas y posicionamientos teóricos... Fernanda.
viernes, 24 de junio de 2011
Proteger la reinvención adolescente.
Los temas y los problemas relativos a la adolescencia, al crecer y al cuidado por parte de los adultos no descansan ni piden permiso: están allí, siempre. Siempre que estemos dispuestos a toparnos con ellos, siempre que nos conmueva la posibilidad de repensarlos desde diferentes ángulos, por distintos caminos.
En la novela “Memorias de una superviviente”, de Doris Lessing, por ejemplo, también están. La autora presenta a Emily transitando su adolescencia y a una mujer de mediana edad que debe hacerse cargo de ella, en una ciudad que se desmorona a fuerza de violencias y de sálvese quién pueda. Menuda tarea.
El relato es complejo, inquietante, áspero, algo oscuro… e interpelador. Es por eso que recuperamos aquí aquella atmósfera, ciertas escenas de la ficción y reflexiones de los personajes; porque resultan potentes para mirar desde ellas algunas aristas de nuestro paisaje social, del vínculo intergeneracional y de la educación de adolescentes en tiempos en que la opacidad y la zozobra parecen erigirse en cualidades que dominan lo que ocurre.
Aludidos por la construcción fantástica o hiperrealista que presenta Doris Lessing, nuestro interés se centra en Emily (“la niña”, “la muchachita”, “la adolescente”) o más precisamente en la conmoción y en las reflexiones que su comportamiento suscita en la mujer que asume su crianza.
El contexto, sin embargo, una suerte de apocalipsis, de fin del mundo conocido, no es irrelevante; no lo es en la obra y tampoco lo es en la aproximación que realizamos a la historia. No es irrelevante porque el pánico y la descomposición que describe la novela parecen expresar in extremis ciertos climas y temores al uso en nuestros días: aquellos que constatan, alertan o presagian catástrofes similares, sin necesidad de ficciones ni de personajes creados para darles carnadura.
En cualquier caso, aun cuando no es “el derrumbe” lo que nos convoca ni la intención de establecer a partir de él analogías o diferencias con nuestro aquí y ahora, lo que no nos resulta para nada ajeno -y sin dudas nos concierne- es que el relato hinque el diente en la caída de las reglas, de los sentidos consagrados y de los esfuerzos tenidos por eficaces para vivir en comunidad, para transmitir la cultura, para atisbar futuros.
Otra clave igualmente sugestiva, casi una constante en la narración, es el agrupamiento. La autora no se refiere por lo general –al menos mientras la situación no se desmadra por completo- a chicos sueltos o a jóvenes meramente dispersos, antes bien, enfatiza lo gregario, sobre todo entre los nuevos: primero para sobrevivir, luego para defenderse, más tarde para arrasar, finalmente para huir. Y también, aunque más tenuemente, para brindarse afecto, para cuidarse, para ensayar otros modos de estar juntos en la adversidad.
En cualquier caso, que los jóvenes están en peligro y que las hordas que van conformando constituyen a las claras un peligro, son datos que atraviesan y sostienen la trama junto a constataciones punzantes del tipo: “Habíamos cambiado. Aquellos niños éramos nosotros mismos”.
El hecho de que este texto no privilegie la “traducción” punto a punto de los climas y los pasajes que hemos elegido para componerlo, o no se detenga en el análisis de cada uno de ellos, refleja en alguna medida aquello que motivó esta elaboración: la sensación de que, en realidad, son esas escenas y esas reflexiones las que nos han elegido a nosotros para decirnos algo.
Recomencemos, entonces.
Por las calles avanzan las bandas de jóvenes y retroceden las certezas. La ciudad se ve sumida en batallas callejeras protagonizadas por niños que no tienen familias ni educación ni hogar ni otros presentes y futuros que los que presagian los alimentos que escasean, la infraestructura y los servicios que colapsan, las pestes que se multiplican, la violencia que se instala y las instituciones que desaparecen.
Los saqueos y las matanzas producidas por las pandillas o por la policía dedicada a “limpiar” las zonas más afectadas habían pasado a formar parte de una cotidianeidad caracterizada paradójicamente por lo extraordinario. La ciudad se iba vaciando de lo que había sido a medida que se llenaba de los desechos de si misma y la mirada de los habitantes acusaba preocupación o terror: todos percibían –aunque apenas lo insinuaban- que la partida sería inminente.
En dicho escenario, como hemos adelantado, una señora recibe, de buenas a primeras, sin explicación alguna, a la niña Emily, con el mandato de hacerse cargo de ella.
En un contexto en el que todo lazo se desvanecía, el abandono y la entrega no sorprenden demasiado y no son motivo de juicios de valor: la niña es hija de las circunstancias. Recorre la casa indagando dónde instalarse con su escaso equipaje y con su gato, y la señora registra en sus memorias: “Emily necesitaba intensamente saber con qué paredes, con qué refugio podría envolverse (…) y yo ya sentía un peso en el corazón”.
Todo indica que la niña está a punto de adolescencia; por lo tanto, desde el encuentro inicial, lidia consigo misma y con la generosidad de la señora.
Los barrios van siendo arrasados y nuevas reglas ininteligibles se imponen, aunque al parecer es el irrespeto por toda norma o la inexistencia de reglas lo que se ha adueñado del tiempo y del espacio.
La atmósfera asfixiante y amenazante se corresponde con el derrumbe de las paredes y con la humedad en los interiores de las casas. La anulación de la palabra parece, por su parte, el corolario natural del imperio de la sospecha.
Por la forma en que acontecía la descomposición del mundo y por la envergadura que ésta iba adquiriendo no cabían preguntas acerca de razones ni hipótesis acerca de desenlaces. La vida, sencillamente, se había vuelto sinónimo de lo cruel, lo absurdo y lo inexorable.
“¿Cómo puedo calificar de `inoportuno´ a un mundo en el que el tiempo no existía?”, se pregunta la señora, azorada frente a la naturalidad con que el orden de las cosas se alteraba y se reacomodaba bajo pautas impensables.
Las noticias, los partes oficiales y la (in)acción del gobierno, que “se adaptaba a los acontecimientos mientras fingía, probablemente aun frente a sí mismo, llevar la iniciativa”, no servían de mucho; más aún: despertaban más desconfianza que sensación de cuidado o esperanza en que alguna forma de recomposición fuese posible.
Desde el comienzo de la saga y toda vez que se detiene a observar a la niña, en diálogo consigo misma, la señora confiesa el terror y la ansiedad que le provoca la misión que le fue encomendada y que ha hecho suya. Igualmente genuino e intenso se perfila el deseo de proteger a la niña.
El cuidado de Emily se vuelve entonces un prisma a través del cual la señora (se) piensa (en) el mundo: la misión representa para ella una oportunidad privilegiada para dialogar con el tiempo en momentos en que éste, como casi todo, había dejado de ser habitable y padecible según las prácticas habituales.
Así, en diálogo con el pasado, se ve obligada a descartar lo que éste contiene y propone de inviable, advierte la abundancia irrelevante de lo que ha caducado, evoca y recupera aquellas experiencias que se muestran pertinentes a pesar de todo y resignifica comparaciones o críticas relativas al antes y al ahora.
Dialogar con el presente se le impone con urgencia: las nuevas condiciones exigen ser pensadas, interrogar con agudeza, reinventar las preguntas y actuar procurando garantías, no solo para la supervivencia sino también para que algún sentido, algún anhelo, justifique semejante esfuerzo.
Es por eso que el diálogo con el futuro puede tener lugar: porque se torna más necesario a medida que aumenta la dificultad para hallar las respuestas que persigue. El futuro, Emily mediante, adquiere el estatuto de un deber que la atraviesa por dentro con la misma nitidez con que se diluye afuera.
El encuentro con su responsabilidad sobre Emily, entonces, conmovía el pensamiento, los temores y las estrategias de la señora, quien, al mismo tiempo, advierte que la niña no repara en ella para nada, no le presta la menor atención, excepto para expresar su indiferencia o su rechazo a las observaciones y las sugerencias que le realizaba.
Nada parecido a la reciprocidad se hacía evidente en el vínculo y nada parecido al reproche teñía las reflexiones de la señora: la niña “no sabía que su cuidado había llenado mi vida como una esponja. Mas ¿acaso tenía derecho a quejarme? ¿No había hablado yo, como los demás adultos de la “juventud”, de “los jóvenes”, de “los chicos”? ¿No seguía hablando de ellos aún, a menos que hiciera un esfuerzo por callar?”
La señora sabía que Emily iba desarrollando recursos para moverse en el mundo desconcertante y hostil en que le tocaba crecer. Un mundo que ella no alcanzaba a comprender, que comenzaba a temer y que la muchachita, en cambio, parecía aceptar con menor inquietud y con algunas herramientas adquiridas en sus experiencias callejeras. La señora sabía de esos aprendizajes tanto como que no debía y no quería abandonar la tarea de brindarle protección, a pesar de que la niña le gritara exasperada: “¿Qué le hace pensar que no sé cuidarme?”
La mujer enfrenta y expresa así la contradicción que envuelve a los mayores toda vez que “cuidamos” de forma tal que sólo logramos desactivar las posibilidades de protección que los adolescentes poseen, o que obturamos sus posibilidades de construir –solos, entre ellos, con nosotros- formas de protección adecuadas y eficaces para la vida que deben enfrentar.
Puesta a reflexionar sobre el asunto, la señora vuelve acusadoramente sobre los adultos y sobre esa suerte de amnesia generacional que, disfrazada de responsabilidad, desautoriza a los jóvenes y los mantiene presos de ciertos afanes de cuidado.
“La gente mayor –sentencia la autora- tiende a no ver -¡lo han olvidado!- ese ser oculto en la adolescente, el miembro más fuerte y más poderoso de todo el elenco que habita dentro de su cuerpo, el que instruye, selecciona la experiencia y… protege”.
Doris Lessing captura en estos pasajes la complejidad de una responsabilidad ineludible: el cuidado por parte de los adultos de aquellos a quienes una de las cosas que más les importa exhibir es que buena parte del mundo adulto los tiene sin cuidado (sic), les importa poco, los incomoda.
Les incomoda, por ejemplo, que se les refriegue la importancia de los cuidados que se les prodigan. Que se les refriegue, no que se los cuide. Les irrita la saturación de discurso protector. La saturación, el discurso moralista, no el saberse resguardos.
Siguiendo el hilo de pensamiento de la señora apuntamos entonces que la protección en tanto función primordial de quien educa parece inescindible de dos movimientos complementarios, sin los cuales dicha premisa dice poco o dice mal acerca del cuidado.
Primer movimiento: constituirse en garante de que sea la experiencia que se propone al que crece la que (le) resulte protectora. Segundo: advertir el momento en que la protección exige una retirada responsable a fin de no verse interferida por la persistencia de una presencia, o una forma de presencia, que ya no puede proteger y que (o debido a que) sobra.
Tomamos prestadas algunas palabras de la señora para enfatizar que lo que no ha sido logrado en tanto experiencia de y para la protección, lo que no va siendo ofrecido y apropiado en esa clave, los cuidados que los adolescentes no pueden seleccionar porque no disponen de ellos dentro del elenco que los habita, difícilmente pueda ser neutralizado o suplantado por poderosos dispositivos administrados por gente mayor que los instruye.
Más allá o más acá de lo relativo al cuidado, Emily dejaba entrever que durante su infancia había sido instruida para complacer y para aplacar o disimular tensiones. Por ello, aun en medio del desorden general, dentro de los límites del caso, la niña era más bien dócil y cortés. Pero en su caso, como en cualquier otro, cuando la infancia comienza a quedar chica, lo que tiene que irrumpir irrumpe. La señora lo notaba: “la verdadera irritación, las verdaderas emociones debían ser ocultadas y sofocadas, mientras que sus fingidos enojos y rencores, la necesidad de representar de la adolescente, se ponían de manifiesto en todo momento”.
Lo que tiene que irrumpir es, precisamente, “esa necesidad de representar” que no es otra cosa que la necesidad de re-presentar-se, de hacerse de nuevo. Hacerse de nuevo conlleva confrontación, enojo, incomodidad… Con cierta independencia de si se trata de niños dóciles o desafiantes, éstos suelen ser algunos de los contenidos que inscribe la adolescencia en la convivencia consigo misma y con los adultos que la acechan.
En el relato de la señora acerca de su convivencia con Emily abundan las referencias a las incontables horas que la niña gasta en el sillón, abrazada a su gato, frente al espejo, comiendo, quejándose de cuánto está engordando o de cuán fea es, mostrándose resentida, probándose ropa… La señora la entendía y también, con idéntica contundencia: no la entendía.
Y entre las pocas certezas que abrigaba, una se recortaba por su precisión y por la entrega que revela: “Me estaba utilizando para contener su impulso de alejarse de la infancia y convertirse en una adolescente, en una muchacha con ropas y modales y palabras reguladas exactamente para tal condición. El conflicto en ella era considerable, como también lo era el uso que hacía de mi, insólito y fatigoso”.
Nos “utilizan” para (no) despegarse de la infancia, arroja Doris Lessing desde el sentir de la señora. La tensión entre permanecer y alejarse que forma parte del trabajo de crecer requiere adultos dispuestos a “dejarse usar” y a no hacer uso de ello.
Frente a la niña y a sus intentos de hacerse lugar en un mundo que solo le ofrecía dificultades, atrapada por el misterio de esa vida que se transformaba ante sus ojos, la señora se esfuerza por no abrevar, como tantos otros adultos, en una zona del pensamiento que detestaba: “los adultos relegan a los jóvenes a unos compartimientos mentales titulados `No comprendo esto´ o `Renuncio a comprender esto otro´”.
A sabiendas de que tales reflexiones resultaban poco originales, pero persuadida de la necesidad de auscultarlas, la señora se interroga y de paso interpela: “¿Debo avergonzarme de escribir este lugar común, cuando tan pocas personas de edad madura o mayores son capaces de imprimirle vida en la práctica? ¿Cuando tan pocos son capaces de aceptar sus recuerdos? Los viejos fueron jóvenes, pero los jóvenes no han sido nunca viejos…”
La intención de mirar a Emily de modo tal que su mirada sirviera para algo y de tomar distancia de las acusaciones que reposan en el compartimiento mental titulado “no comprendo esto”, la obliga a mirarse a sí misma: el sofá, la crítica, el espejo, los cambios de humor, la actitud de vigilancia defensiva, la ropa, todo –dice la señora- “Me colmaba de irritación. A pesar de ello, recordaba haber hecho yo lo mismo”.
Durante un período prolongado, la niña –como es imaginable- se abocó intensamente al capítulo “ropa”. La devastación que se profundizaba, junto a la necesidad de inventarse a sí misma sin recurrir a tiendas ni a compras innecesarias, la impulsaban a transformar las prendas que tenía a mano.
“Yo la observaba interminablemente, porque nunca había visto nada semejante en materia de concentración –anota la señora-. En efecto, si bien ella, Emily, se había concentrado tanto en sí misma ahora, en esta nueva actividad, como antes, cuando holgazaneaba, al menos ahora lo que creía ser era totalmente visible, en forma de las fantásticas vestimentas con las que se presentaba ante mí”.
La vestimenta que se descarta, se transforma, se exhibe y se defiende de la sentencia adulta, la ropa que parece inapropiada para ese cuerpo, para esa edad, para esas calles peligrosas, son acaso metáfora o expresión material de los movimientos de un aparato psíquico abocado a dar de baja lo anterior, a ponerse a prueba y a construir nuevos andamiajes.
“Ahora soy o probaré ser de este (otro) modo”, “Así me veré de ahora en más”, parece decir y decirse la niña cada vez que se reinventa cortando una manga, modificando un escote o añadiendo una puntilla. Y cada vez, cada una de esas veces, entre cambios y ensayos, crece.
“Ver esa creación en aquel momento, en una época de salvajismo y anarquía, ver ese arquetipo de vestido de jovencita o mejor dicho, ese compuesto de arquetipos, ver cómo esa niña, esa muchachita, había hallado los materiales para sus sueños en las pilas de desechos de nuestra vieja civilización, los había hallado, con trabajo y, a pesar de todo, logrado dar vida a sus imágenes de sí misma… todo ello era demasiado para mí, de modo que me retiré de la escena decidida a no decir nada, a no demostrar nada, a no traicionar nada”.
Las telas y los retazos de infancia, las prendas que guarda el ropero de una historia que ha hecho suya, los jeans que parecen haber crecido con ella, los vestidos hermosos o raídos que con amorosidad le dona la señora, y muy especialmente los que toma sin permiso, son la materia sobre la cual la niña despliega los recursos de que dispone para crecer.
La adolescencia, como Emily, se desnuda, se re-viste y hace visible lo que cree ser echando mano de lo que tiene; trabaja con lo que trae y con lo que recrea, con lo que adopta y con lo que adapta.
Ofrecer material para los sueños, estar cerca sin invadir los ensayos, dejar de estar estando, no traicionar, son tal vez las claves de la presencia adulta en esta etapa. Un lugar que –lejos de cualquier precisión topográfica- solo puede ser definido por su imprescindibilidad.
Desde ese lugar, cuando percibió que con cada prenda Emily renovaba y desafiaba su propia timidez, su osadía y sus temores, la señora sabiamente concluye: “Estaba probándose no un vestido sino distintos autorretratos”.
Afuera, en medio de las ruinas y el salvajismo, mientras se multiplican los grupos de errantes y de migrantes hacia no se sabía dónde y los animales merodean fogatas y alcantarillas hediondas, algunas bandas de jóvenes logran organizarse para producir alimentos, criar animales… sobrevivir.
En un momento dado Emily se distancia del espejo y sale a la calle, pero ya no como antes, cuando iba y venía, sino como alguien que ha madurado una decisión: no se agregaba a una tribu, había decidido hacer de ella su familia, su vida. De modo que, a partir de entonces, ése sería su mundo tanto más que la casa de la señora, en la que seguía viviendo.
Dejar de mirar por la ventana, cruzar la calle y tomar parte le permite a la muchacha experimentar la amistad como algo que la constituye, gozar y sufrir el amor, sentirse responsable por la infancia que crecía en medio del horror y llorar a causa de todo ello. Llorar, no como una niña –advierte con agudeza la señora- y tampoco como una persona de edad avanzada, sino como lo hace una mujer, “lo que es como decir que la tierra está sangrando. (…) El pesar… el acto del duelo, eso es”.
La señora percibía el (nuevo) llanto de Emily como “una expresión de lo intolerable”. Quizás, no solo porque hubiese deseado otro mundo para la muchachita cuyos sucesivos autorretratos había acompañado pacientemente, sino también porque después de tanto entregarse para ser utilizada… debía reinventarse ella, que ya no era la misma.
Comentario del artículo:
Proteger la reinvención adolescente.
Autora: Débora Kantor.
El artículo es muy significativo, me hizo revivir ciertos momentos y situaciones pasadas en la adolescencia. Pero más aún me atravesó por el papel tan importante que cumplo como adulta y futura docente en los adolescentes de hoy.
Las frases del artículo que consideré relevantes para tener en cuenta son:
…”La niña es hija de las circunstancias”…
…”La señora sabía que Emily iba desarrollando recursos para moverse en el mundo desconcertante y hostil en que le tocaba crecer”...
Muchas veces que “cuidamos”, sólo logramos desactivar las posibilidades de protección que los adolescentes poseen, o obturamos sus posibilidades de construir formas de protección adecuadas y eficaces para la vida que deben enfrentar.
…”Lo que tiene que irrumpir es, precisamente, “esa necesidad de representar” que no es otra cosa que la necesidad de re-presentar-se, de hacerse de nuevo. Hacerse de nuevo conlleva confrontación, enojo, incomodidad”…
…“La tensión entre permanecer y alejarse que forma parte del trabajo de crecer requiere adultos dispuestos a “dejarse usar” y a no hacer uso de ello”...
Teniendo en cuenta lo anterior, considero de suma importancia conocer las características de la época en la que vivimos y tener en cuenta su incidencia en la subjetividad para aquellos jóvenes que atraviesan por el sistema educativo.
El desarrollo de la personalidad desde los primeros momentos de la vida, resulta inseparable de la educación, correspondiéndolo a través del proceso educativo que se lleva a cabo no sólo en la escuela, sino en la importante misión de regular todo el proceso de educación de la personalidad de cada uno de los individuos.
A la educación, como vía específica de socialización de los sujetos en la búsqueda de su dimensión humana, le corresponde el papel determinante de la preparación para la vida de cada uno de los individuos. Para esto el proceso de aprendizaje que se dirige en la escuela debe propiciar la preparación para el enfrentamiento de las condiciones actuales que enfrenta la humanidad.
La educación de la personalidad en la escuela secundaria básica requiere la concepción de formación integral, teniendo en cuenta las características del desarrollo psíquico del adolescente como persona en sus aspectos sociológicos y psicológicos, de modo que se fomenten sus potencialidades para el desempeño en sus contextos de actuación, en la vida social.
La educación de personalidad, si bien es individual y particular, es un proceso social ya que a la vez que son sujetos individuales son miembros de una familia, de grupos de intereses afines, de una comunidad, contextos en los cuales el adolescente interactúa activamente.
…”Ofrecer material para los sueños, estar cerca sin invadir los ensayos, dejar de estar estando, no traicionar, son tal vez las claves de la presencia adulta en esta etapa. Un lugar que –lejos de cualquier precisión topográfica- solo puede ser definido por su imprescindibilidad”...
Fernanda Pérez.
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